Nadie nunca le dio la oportunidad de ser como las niñas ricas que iban al restaurante al que trabajaba. Tal vez no fueran ricas en dinero, pero si en otras cosas que ella no tenía. Por un mes más que eterno había aguantado todos los maltratos y presiones sufridas con la escoria femenina de la humanidad. Todo por dinero, por los malditos euros.
Mónica había llorado tanto. Y le hizo prometer que jamás lo haría, que nunca más volvería a bajar a dónde van esos animales, en donde viven y se reproducen las ratas. Claro, ella no entiende que así gana tres veces más de lo que se lleva sirviendo cafés. Pero no importa. Cree que no lo volverá a hacer.
¿Dónde están el abuelo y su Dios? Pero Carolina no sabe, nadie le ha dado la oportunidad de conocer la verdad. Ella tiene que buscar. Pero primero, cortar de raíz.
-Lo dejo, Portu.- Mira con miedo a su jefe, al mal jefe, al jefe de las bestias.
-¿Te has acojonao después de la cárcel, eh?
-Si. Déjame irme.
La deja irse, pero antes con una despedida. Y llama a sus antiguos compañeros de trabajo a que le peguen tan fuerte que la hagan querer estar muerta. Lo peor, es que lo hacen de tal manera que nunca moriría.
Sangre.
Es a lo que huele el suelo donde esa chica de veintitantos años está tirada. Las lágrimas se confunden con el pegote de sudor que es su pelo. ¿Porqué a ella? Pero sabía que la iban a dejar en paz. Ella misma había dado palizas a la gente que se retiraba del negocio. El Portu era ''civilizado'' y no mataba a nadie. El miedo es el peor castigo.
Carolina quiere ser como ellas, como las personas que iban a la cafetería; a lo mejor ellas dormían en una cama muy cómoda y con peluches. Pero ella tendrá que dormir esa noche con dolor eterno y su peluche más odiado: el miedo.
Última entrada para Carolina.
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