Carol va recuperando la conciencia poco a poco. Tiene miedo de abrir los ojos porque sabe que no está en su casa. Tiene miedo porque no sabe dónde está. ¿Que había pasado? Lo sabrá Merlín. Siente a algo a su lado. Carol siente a alguien y se da precipitadamente la vuelta pero no se distingue nada en la oscuridad. Hace frío y por los agujeros de la persiana se cuela luz blanca.
Carol se levanta y siente que le duele la cabeza. Un mareo imprevisible la hace tambalearse y siente el suelo frío en uno de sus pies que no lleva calcetín. ¿Qué habrá pasado con el otro? Bosteza. No lo puede evitar y se percata de que la camisa que lleva puesta no es suya. Por lo menos lo único que le duele es la cabeza y no otras cosas.
Empieza a tantear, con sus manos de dedos largos, blancos y finos. Las uñas pintadas de rojo pasión alcanzan a tocar la cuerda para subir la persiana, pero los pies de Carol resbalan con algo.
-¿Revistas?- susurra con rabia y de una patada las tira lejos. El bulto se remueve en esa cama desconocida. ¿Por qué no se acuerda de nada? Joder, joder.
Los dedos empuñan la cuerda y tiran de ésta con fuerza. La luz blanquecina le hace daño en los ojos a Carol, causándoles más dolor en las cienes y los cierra de inmediato. Cuando vuelve a abrirlos mira afuera y se da cuenta de que todo está copiosamente nevado. Gira la cabeza y se ve en una habitación muy bonita.
Oh, no. Esa habitación. ¿Esa habitación? No, no, no. ¡NO!
-Carol, ¿quieres estarte quieta? Son sólo las siete de la mañana.
Esa voz. No, no, no. ¿Tenía que ser esa voz? Lentamente gira la cabeza hacia la cama en la que segundos antes estaba dormida y ve a su amiga más reciente.
-¿Mó...Mónica?
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