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30.9.10

Como hielo en Coca-Cola.

- Hey, princesa, patata.- Ramiro abre la boca y Erica le lanza una patata que sale disparada en la dirección completamente contraria. La desafortunada se cae desde el techo del coche donde están sentados y queda a merced de las hormigas.

Se ríen, se ríen mucho.

- ¡Sabes que no soy buena en esto!- Y da un sorbo a su Nestea sonrojada, acomodándose el pelo detrás de la oreja.

- Ya, claro, yo me sé muy bien para qué eres buena.- Ramiro se acerca y la rodea con los brazos, tumbándola en el techo duro y mordiéndole el cuello.

- ¡Nooo! Digo, joder, no quiero un vampiro. Y soy buena en otras cosas, capullo.

Se hace la enfadada y no funciona, por que él la derrite, así como el hielo en la Coca-Cola ya olvidada a un lado de ellos. Se ríen mientras se besan, por que son felices, por que ellos son la historia de amor a primera vista y la que funciona, son el 1% (o tal vez el 2%, quién sabe...) que se quita la ropa con ternura y que bromean sobre lo mucho que se aman.

- Te quiero, estúpido.

- ¿Y eso?

- Me has recordado a el vampiro que brilla, ese Edward, casi vomito la hamburguesa.- Erica le pone morros y mira a las estrellas.

- Eres tan...

- ¿Tan qué?

- Nada.

- Vale.- Erica se encoje de hombros.

- ¿No me vas a pedir que te lo diga?- Él se rie vagamente sorprendido y la mira a los ojos.

- No.

Así de decidida y con mucho amor en el corazón de piruleta. Por eso cuando la vio supo que era para él. Para siempre, con la risa de primavera y las manos tan cálidas como el verano y besos de otoño; con pintalabios oscuro como las hojas, y, los ojos limpios, como el cielo nublado. Y aveces, la mirada de invierno.

Está tan obsesionado, y si pasa un segundo más, el corazón se le va a salir del pecho.

- Mía. Solo mía, ¿vale?

28.9.10

Con una X muy grande.

La mente de Carolina es como un cine. Si, si. Las películas pasan rápido, a cámara infinitamente veloz por delante de sus ojos. Su vida son esas películas y cada una lleva banda sonora. Se ríe y muerde la galleta con leche condensada en una habitación atestada de cosas raras. Si, cosas adolescentes, cosas pequeñitas que se guardan, olor a papel, lluvia de más allá de la ventana y olor a algo de locura.


¡DROGAS! DAME MÁS, DAME MÁS; NO LAS NECESITO. PERO LAS VOY A VENDER. VAMOS, DAME MÁS.


Carolina sale con los ojos muy, muy pintados de negro y se muerde los labios. Tiene que hacerse cargo de su hermana supuestamente menor, que ya ronda los catorce. Si, eso es lo raro, que ella con veintidos y todavía con habitación adolescente. Y miente, y hace cosas malas, aunque a su hermana no le guste. Pero joder, le paga el maldito instituto donde sus padres que están cinco metros bajo tierra siempre quisieron que estuviera. Y trabaja. Mucho.


¡AMOR! DAME MÁS, DAME MÁS; NO LO NECESITO. PERO VOY A COGER EL QUE ME DE LA GANA DE TU INGENUO CORAZÓN.

El pelo de Carolina se pega al cuello, y se apelmaza con el sudor; y aún así el chico que camina en dirección contraria a ella la ve muy guapa. Y si, va un tanto (algo más que eso) desordenada, los pantalones pegados al cuerpo azul desteñido están sucios y la camiseta verde oscura se le sube en las caderas.


- Perdona, ¿tienes hora?- El chico pregunta a Carolina cuando ya está lo bastante cerca a ella y le pone su mirada más encantadora que siempre derrite a las facilonas.


- Si. Tengo.- Y ella sigue recto, pasando de él,- ... como de comer mierda.


Y LO VOY A GUARDAR EN UNA BOLSA, EN UNA CAJA. ¡Y LA VOY A ENTERRAR, PARA LUEGO PONER UNA 'X' EN EL SUELO!


Parece que ella no es una facilona. Pero bueno, ya lo intentará otra vez.

- Na na na na...

22.9.10

La mente en tres mil pedazos.

Clase de inglés. Nueva clase de inglés y de todo. Compañeros diferentes a ella, compañeros que sólo saben de números y ciencias exactas y se siente como pez fuera del agua.

Profesora de inglés. Cual espantapájaros roído. Alejandra prefiere no odiarla y mirar el sol intruso de septiembre por la ventana. Se desespera, muerde el bolígrafo y vuelve a mirar a su alrededor sabiendo que después vendrá la clase de Química. Casi parte el plástico de la rabia y escucha a su profesora con una pronunciación fatal. Ella podría hacerlo mejor comiendo palomitas de maíz y bebiendo malteada de frutilla.

- ¡Mario! ¡Mariooo!

Da un brinco en la silla y deja de oír a su profesora. Empieza a escuchar los gritos que sobresalen de la algarabía procedente de la pista de fútbol que queda debajo de su ventana.

- ¡Mario! ¡Que me has pilladooo!

Malditos niños que gritan. Maldito niño que llama a... ¿Mario?

- Si, si, ya voy.

Joder, se dice, maldito Mario haciendo educación física en su hora de inglés de segundo de bachillerato. Ahora ya tiene la mente descompuesta en tres mil pedazos, ya no hay concentración y la espantapájaros asquerosa se puede ir a la mierda con sus ejercicios mediocres.

No sabe si se arruina el día o directamente la vida. No sabe que hace ahí, en esa clase llena de gente con la que no encaja, que no llega a su nivel académico, gente que la duerme del aburrimiento. No entiende por qué tiene que tener 18 años, no sabe si él pensará en ella. No sabe por qué ya no la saluda por los pasillos.

No entiende la actitud de Mario, incluso un ejercicio de trigonometría podría ser más fácil. Quisiera leerle la mente. Pero por querer... Ella quiere muchas cosas, ¿acaso tiene alguna?

4.9.10

Que no te voy a decir nada.

Ya lo sé. Prometí que no te iba a decir nada. Pero dieciocho años no se cumplen todos los días y yo sé que no vas a leer esto. Tienes razón en todo lo que dijiste sobre las personas que te hacen sentir bien sólo por que es tu cumpleaños. Ya, ya. Pero yo te quiero mucho, como la trucha al trucho, e intenté no hacer nada. Lo intenté, ¿eso cuenta, no? Bah! Felicidades. Te quiero un montón.

1.9.10

Diferente a mi.

A Ramiro su novia le ha dejado. La confusa promesa de verse con Erica al otoño parece nublada y apenas la puede ver por el pueblo de vez en cuando. Parece muy ocupada. Pero recuerda que hace ya cinco meses su novia le ha dejado. Después, conoció a Erica y todo va mejor.

Eran tal para cual, Ramiro y Mónica. Pero resulta que a los dos les gustaba lo mismo: las mujeres.

El viento se lleva con las hojas marrones esos molestos pensamientos que son como patadas en las pelotas y Erica cruza la plaza. Ramiro está sentado en uno de los bancos del lugar, con frío y el corazón en la basura. Corre y la alcanza agarrándola por el brazo. Ella tiene los labios pintados de rojo oscuro y los ojos sin maquillaje. Así mejor, piensa él.

Entonces ella sonríe y él se deja contagiar por su alegría inexplicable. Pero descubren que a Erica le gusta el frío y a él, el calor. A Ramiro el verde y a ella el rojo. Ella dice no y él si. Pero se besan con pasión cohibida y se olvida todo. Al despedirse a ella se le nota la inseguridad por esa cita imprevista y romántica.

-Bueno, hemos cumplido la promesa. Espero que no te haya defraudado.

-Mejor así, princesa, mejor que seas diferente a mí.

Y luego se abrazan y sienten miedo por que apenas se conocen y ya se aman tanto, tanto... Ah, pero no todo tenía que ser un amor sufrido en el mundo. ¡Claro que es posible que dos personas se enamoren perdidamente uno del otro.

-Somo uno en un millón.- Y ella sonríe cerrando los ojos sin soltarle.- Pero me mentiste, no te gusta el frío, ni el otoño.

-Tú eres el otoño, así si que me gusta.