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22.9.10

La mente en tres mil pedazos.

Clase de inglés. Nueva clase de inglés y de todo. Compañeros diferentes a ella, compañeros que sólo saben de números y ciencias exactas y se siente como pez fuera del agua.

Profesora de inglés. Cual espantapájaros roído. Alejandra prefiere no odiarla y mirar el sol intruso de septiembre por la ventana. Se desespera, muerde el bolígrafo y vuelve a mirar a su alrededor sabiendo que después vendrá la clase de Química. Casi parte el plástico de la rabia y escucha a su profesora con una pronunciación fatal. Ella podría hacerlo mejor comiendo palomitas de maíz y bebiendo malteada de frutilla.

- ¡Mario! ¡Mariooo!

Da un brinco en la silla y deja de oír a su profesora. Empieza a escuchar los gritos que sobresalen de la algarabía procedente de la pista de fútbol que queda debajo de su ventana.

- ¡Mario! ¡Que me has pilladooo!

Malditos niños que gritan. Maldito niño que llama a... ¿Mario?

- Si, si, ya voy.

Joder, se dice, maldito Mario haciendo educación física en su hora de inglés de segundo de bachillerato. Ahora ya tiene la mente descompuesta en tres mil pedazos, ya no hay concentración y la espantapájaros asquerosa se puede ir a la mierda con sus ejercicios mediocres.

No sabe si se arruina el día o directamente la vida. No sabe que hace ahí, en esa clase llena de gente con la que no encaja, que no llega a su nivel académico, gente que la duerme del aburrimiento. No entiende por qué tiene que tener 18 años, no sabe si él pensará en ella. No sabe por qué ya no la saluda por los pasillos.

No entiende la actitud de Mario, incluso un ejercicio de trigonometría podría ser más fácil. Quisiera leerle la mente. Pero por querer... Ella quiere muchas cosas, ¿acaso tiene alguna?

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