Ella está sorda. Y ciega. Y hasta muda, por desgracia. Ah, si Alejandra se diera cuenta de cómo él la mira.
Pero no, ella se pone a pensar que dos personas puedan estar enamoradas mutuamente sólo pasa en las aburridas novelas de Stephenie Meyer. Pero Mario la quiere, la adora un montón. Y lo que empezó sólo con un pequeño interés se ha convertido en una adicción. Como la mariguana que aveces se fuma y que intenta olvidar.
Pero si es tres años mayor que yo, se dice Mario. Y saca conjeturas y monólogos de su cabeza, como que sus padres se llevan siete años y que en realidad no es tanto. Pero la duda se expande como humo por su mente, y le nubla la esperanza diciéndole que por la edad en la que están eso es mucho.
Mario se pregunta por qué ella odia el calor. No entiende por qué Alejandra cada que le ve se aleja de él cómo si le doliera el estómago. Es muy confuso. Ojalá hubiera un manual. Pero no, le esperan ecuaciones por resolver y quince años que cumplir para alcanzarla en sus dieciocho. Le esperan las críticas de sus padres y uno que otro cigarro, y si hay suerte (no lo considera así en realidad) algo de maría para volar.
29.8.10
Algo de maría para volar.
Los días se mueren con su recuerdo.
Ya no hay tiempo de leer, ni de escuchar música, ni de pintar elefantes azules en una cartulina amarilla. El tiempo del verano se le fue de las manos y Erica mira con tristeza los libros de texto. Pereza. Sueño. Y muchas ganas de ver algo fuera de lo normal. Los días pasan ajenos a su letargo de calor y se pelea con el libro de matemáticas cada vez más. Siempre gana él; y a Erica no le queda más que resolverle los problemas.
Con el libro de Química ya es diferente. Ah, él es tan raro...! Cuando le cuenta historias Erica hasta se ríe. Pero entonces empieza a comportarse como el Señor Resuelve mis Problemas y ella se enfada.
Aún así no deja de escaparse por las noches entre festivales y las últimas funciones de cine de verano con su hermano mayor. Él la lleva de la mano. Frente a quien no les conozca podrían parecer una pareja de adolescentes. La idea le da repelús y se ríe.
Entonces allá, sentado en una de las sillas mientras muchos de su edad se hacen niños viendo Sherk 2, le ve. Ramiro le sonríe y ella saborea con amargura e ilusión mezclados, los días anteriores. Esos días que mueren cada atardecer con su recuerdo. Ira. Amor. Y muchas ganas de verlo todos los días.
- ¿Qué tal te va?- Su hermano con sus amigos apartado de ella, y ella... Con el corazoncito en la mano y una sonrisa segura en los labios.
-Nada, espero las hojas en el suelo.
-A mi también me gusta el otoño.
Y luego se acaba la película. Y los dueños del negocio recogen el proyector. Y él le dice que está loca. Risas y más risas. Y luego un beso furtivo con las estrellas como espías, timidez al despedirse, como si tuvieran doce años.
-Si eso, te veo con las hojas en el suelo, princesa.
Ah, si. Princesa.
Con el libro de Química ya es diferente. Ah, él es tan raro...! Cuando le cuenta historias Erica hasta se ríe. Pero entonces empieza a comportarse como el Señor Resuelve mis Problemas y ella se enfada.
Aún así no deja de escaparse por las noches entre festivales y las últimas funciones de cine de verano con su hermano mayor. Él la lleva de la mano. Frente a quien no les conozca podrían parecer una pareja de adolescentes. La idea le da repelús y se ríe.
Entonces allá, sentado en una de las sillas mientras muchos de su edad se hacen niños viendo Sherk 2, le ve. Ramiro le sonríe y ella saborea con amargura e ilusión mezclados, los días anteriores. Esos días que mueren cada atardecer con su recuerdo. Ira. Amor. Y muchas ganas de verlo todos los días.
- ¿Qué tal te va?- Su hermano con sus amigos apartado de ella, y ella... Con el corazoncito en la mano y una sonrisa segura en los labios.
-Nada, espero las hojas en el suelo.
-A mi también me gusta el otoño.
Y luego se acaba la película. Y los dueños del negocio recogen el proyector. Y él le dice que está loca. Risas y más risas. Y luego un beso furtivo con las estrellas como espías, timidez al despedirse, como si tuvieran doce años.
-Si eso, te veo con las hojas en el suelo, princesa.
Ah, si. Princesa.
3.8.10
Los pumas dormilones de su cama.
Las Converse All Star de Carol levantaron polvo de la tierra cuando se bajó de un salto de la Harley Davidson negra. Su rostro es serio, pulido y con un atractivo innegable, que hace parecer como si estuviera enfadada; pero no, ella está muy feliz.
El cabello castaño claro baila con la brisa y choca de vez en cuando con la camiseta gris que combina con sus pantalones ceñidos a las piernas. Se dirige hacia un árbol en lo alto de la colina que está al lado del camino donde dejó descansando su motocicleta. Ah, ése árbol era mágico para ella; ahí siempre soñaba que volaba y que en su próximo cumpleaños -los 9 años- tendría un puma de regalo.
Pero la inocencia tiene un límite y ella dejó de volar para estudiar cada vez más, y cuidar de sus hermanos pequeños, sabiendo que tendría que conformarse con el gato de su tía.
Aún así, Carol está muy feliz. Por que aún sin la compañía de la inocencia puede volar en su motocicleta y tiene muchos peluches de pumas dormitando en su cama.
Carol saca un bolígrafo de punta gruesa y empieza a escribir en las hojas del árbol, manchándolo de negro, jugando a tatuarlo sin su permiso. Y se ríe, por que es uno de los pocos momentos en que puede dar un respiro y volver la vista a atrás.
Nadie sabe las palabras que le escribe al árbol ¿Le pide deseos? ¿Le cuenta secretos? ¿Le da las gracias por escucharla? No se sabe, nadie lo sabe.
Carol, está feliz; vuela en su motocicleta camino a casa donde la esperan los pumas dormilones en su cama.
Para mi amiga Carol. Te quiero un montón.
El cabello castaño claro baila con la brisa y choca de vez en cuando con la camiseta gris que combina con sus pantalones ceñidos a las piernas. Se dirige hacia un árbol en lo alto de la colina que está al lado del camino donde dejó descansando su motocicleta. Ah, ése árbol era mágico para ella; ahí siempre soñaba que volaba y que en su próximo cumpleaños -los 9 años- tendría un puma de regalo.
Pero la inocencia tiene un límite y ella dejó de volar para estudiar cada vez más, y cuidar de sus hermanos pequeños, sabiendo que tendría que conformarse con el gato de su tía.
Aún así, Carol está muy feliz. Por que aún sin la compañía de la inocencia puede volar en su motocicleta y tiene muchos peluches de pumas dormitando en su cama.
Carol saca un bolígrafo de punta gruesa y empieza a escribir en las hojas del árbol, manchándolo de negro, jugando a tatuarlo sin su permiso. Y se ríe, por que es uno de los pocos momentos en que puede dar un respiro y volver la vista a atrás.
Nadie sabe las palabras que le escribe al árbol ¿Le pide deseos? ¿Le cuenta secretos? ¿Le da las gracias por escucharla? No se sabe, nadie lo sabe.
Carol, está feliz; vuela en su motocicleta camino a casa donde la esperan los pumas dormilones en su cama.
Para mi amiga Carol. Te quiero un montón.
de un color como:
Carol
La música ensordecedora del festival.
Alejandra se pasea por las calles atestadas de gente y de luces en medio del bullicioso festival. Cada año, lo mismo de siempre, y suspira y se pregunta si le podrá ver aunque sea por un segundo.
Después de pasar por los puestos de la comida basura que huelen a aceite requemado y por los toldos de ropa que traen los extranjeros, baja por una calle estrecha y se encuentra con el parque por el que paseaba en invierno en las tardes solitarias, donde su única compañera es la helada -sus amigos prefieren estar dentro de sus casa, calientes y viendo la tele-.
El verano lo daña todo, piensa para sí, y suspira mientras la música ensordecedora la aturde y le hace esquivar algunas atracciones mecánicas donde la ponen demasiado fuerte. Ahí están lo coches de choque de todos los años, la cárcel voladora, el pulpo, la olla...
Se ríe, se ríe por que hace que su mente se desquicie al extremo de la cordura.
Y le ve; y la sonrisa se esfuma de su cara. Algo se remueve ahí, en el estómago y se olvida de todo. Las luces del monótono festival han desaparecido y sólo queda él; menudito y tierno como siempre lo ha sido.
La euforia enamorada de sí misma desaparece y le abre la puerta a la angustia y a la rabia que la golpean para que deje de mirarle antes de que él se de cuenta de su presencia.
Lo que ella no sabe es que él, desde uno de los bancos en frente de los coches de choque ya la había visto antes, hermosa y misteriosa como es.
Pero ella se da la vuelta, destrozada y con más rabia de la que se puede tolerar. Pero es su culpa, ¿quién le manda a enamorarse de alguien menor?
Las cosas serían muy complicadas.
Después de pasar por los puestos de la comida basura que huelen a aceite requemado y por los toldos de ropa que traen los extranjeros, baja por una calle estrecha y se encuentra con el parque por el que paseaba en invierno en las tardes solitarias, donde su única compañera es la helada -sus amigos prefieren estar dentro de sus casa, calientes y viendo la tele-.
El verano lo daña todo, piensa para sí, y suspira mientras la música ensordecedora la aturde y le hace esquivar algunas atracciones mecánicas donde la ponen demasiado fuerte. Ahí están lo coches de choque de todos los años, la cárcel voladora, el pulpo, la olla...
Se ríe, se ríe por que hace que su mente se desquicie al extremo de la cordura.
Y le ve; y la sonrisa se esfuma de su cara. Algo se remueve ahí, en el estómago y se olvida de todo. Las luces del monótono festival han desaparecido y sólo queda él; menudito y tierno como siempre lo ha sido.
La euforia enamorada de sí misma desaparece y le abre la puerta a la angustia y a la rabia que la golpean para que deje de mirarle antes de que él se de cuenta de su presencia.
Lo que ella no sabe es que él, desde uno de los bancos en frente de los coches de choque ya la había visto antes, hermosa y misteriosa como es.
Pero ella se da la vuelta, destrozada y con más rabia de la que se puede tolerar. Pero es su culpa, ¿quién le manda a enamorarse de alguien menor?
Las cosas serían muy complicadas.
de un color como:
Alejandra
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