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3.8.10

La música ensordecedora del festival.

Alejandra se pasea por las calles atestadas de gente y de luces en medio del bullicioso festival. Cada año, lo mismo de siempre, y suspira y se pregunta si le podrá ver aunque sea por un segundo.
Después de pasar por los puestos de la comida basura que huelen a aceite requemado y por los toldos de ropa que traen los extranjeros, baja por una calle estrecha y se encuentra con el parque por el que paseaba en invierno en las tardes solitarias, donde su única compañera es la helada -sus amigos prefieren estar dentro de sus casa, calientes y viendo la tele-.
El verano lo daña todo, piensa para sí, y suspira mientras la música ensordecedora la aturde y le hace esquivar algunas atracciones mecánicas donde la ponen demasiado fuerte. Ahí están lo coches de choque de todos los años, la cárcel voladora, el pulpo, la olla...
Se ríe, se ríe por que hace que su mente se desquicie al extremo de la cordura.
Y le ve; y la sonrisa se esfuma de su cara. Algo se remueve ahí, en el estómago y se olvida de todo. Las luces del monótono festival han desaparecido y sólo queda él; menudito y tierno como siempre lo ha sido.
La euforia enamorada de sí misma desaparece y le abre la puerta a la angustia y a la rabia que la golpean para que deje de mirarle antes de que él se de cuenta de su presencia.
Lo que ella no sabe es que él, desde uno de los bancos en frente de los coches de choque ya la había visto antes, hermosa y misteriosa como es.
Pero ella se da la vuelta, destrozada y con más rabia de la que se puede tolerar. Pero es su culpa, ¿quién le manda a enamorarse de alguien menor?
Las cosas serían muy complicadas.

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