Ella está sorda. Y ciega. Y hasta muda, por desgracia. Ah, si Alejandra se diera cuenta de cómo él la mira.
Pero no, ella se pone a pensar que dos personas puedan estar enamoradas mutuamente sólo pasa en las aburridas novelas de Stephenie Meyer. Pero Mario la quiere, la adora un montón. Y lo que empezó sólo con un pequeño interés se ha convertido en una adicción. Como la mariguana que aveces se fuma y que intenta olvidar.
Pero si es tres años mayor que yo, se dice Mario. Y saca conjeturas y monólogos de su cabeza, como que sus padres se llevan siete años y que en realidad no es tanto. Pero la duda se expande como humo por su mente, y le nubla la esperanza diciéndole que por la edad en la que están eso es mucho.
Mario se pregunta por qué ella odia el calor. No entiende por qué Alejandra cada que le ve se aleja de él cómo si le doliera el estómago. Es muy confuso. Ojalá hubiera un manual. Pero no, le esperan ecuaciones por resolver y quince años que cumplir para alcanzarla en sus dieciocho. Le esperan las críticas de sus padres y uno que otro cigarro, y si hay suerte (no lo considera así en realidad) algo de maría para volar.
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