Lejos, con la gente con la que no debería de haber estado nunca Carolina mira al cielo. Le pide perdón al Dios del que le habló su abuelo. ¿Qué era todo lo que había hecho? El dinero. El dinero tiene toda la culpa, las ansias de conseguirlo para poder mantenerse bien ella y su hermana.
Ya no se acuerda de todas las veces que se ha planteado dejarlo. Dentro de la chaqueta lleva tres bolsas de cocaína llenas hasta arriba y en el siguiente callejón espera poder encontrar al pirado que se la comprará. A su mente se viene la imagen de Mónica cuando los euros caen con desprecio en sus manos. El tipo con el que negociaba escupe en el suelo, la mira mal y se guarda la mercancía.
-Eres muy guapa. No deberías de estar aquí. El burdel es tu lugar.
Carolina se da la vuelta dejando al tipo asqueroso y corroído por los años y el veneno riéndose de ella. Las palabras de su cliente resuenan en su cabeza.
No era la primera vez que se lo decían, ni tampoco la primera vez que ella se lo pensaba.
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