Otra vez los del último curso de secundaria con sus inútiles formas de querer recaudar dinero para su viaje de fin de curso (que encima es una cutreza, ahí en el mismo país. En su época se iban a Italia...) . Una fiesta de Halloween, y ella tiene el disfraz perfecto: enfermera sádica. Y la sangre del vestido se la iba a sacar a Mario del corazón, que esa semana se paseaba tan feliz con su novia la putilla enana, que la maldad no la deja crecer más de ciento cincuenta centímetros.
Alejandra cruza la pierna, provocadora, en la junta de estudiantes mientras todo eso se pasa por su cabeza. Mario, justo enfrente de ella se le van los ojos más allá de la minifalda roja y medias de mallas. Se muerde el labio, así como él solo sabe hacerlo y Alejandra se siente morir. Pero a la vez tiene en su pecho ese sentimiento triunfante de que él le dedique una mirada y algo más. Alejandra ya no sabe que le duele más, si verlo o no verlo.
Cobardía en su corazoncito de niña adulta y propuestas de premios para la fiesta de los de último curso de secundaria. Qué pesados, piensa. Pero para pesado Mario, que con su odiosa novia al lado y aún así no para de mirarla. A la salida de la reunión Alejandra sale como si nunca le hubiera visto en la vida, pero él la alcanza.
-Hola, Alejandra.
-Vaya, parece que te han regalado una lengua. O más bien un cerebro para poder hablar. Parece que te lo han dado defectuoso,- Alejandra le dedica su mirada más venenosa y le dirije una de burla a la pequeña zorra.- mira los fetiches que te dan últimamente.
Y sale y se va. La novia de Mario la llama, enojada. Pero él se queda atónito. ¡Vaya mujer! Supo que entonces ese día ya lejano de verano tuvo que habérselo dicho a ella, que le había mandado la indirecta y no a la liliputiense que se había tirado a medio centro estudiantil.
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